top of page
Buscar

La verdad detrás de los hechos: Poza Rica entre la negligencia, el silencio y las omisiones

20 oct 2025
10 min de lectura

Xalapa sin filtro


“Mi mamá solo alcanzó a sacar los papeles y una mochila. Todo lo demás se lo llevó el agua.” La voz nerviosa de una estudiante universitaria resume el miedo que se vivió en Poza Rica aquella madrugada del 10 de octubre. Eran entre las cinco y seis de la mañana, cuando en menos de 10 minutos el río ya había entrado a su casa. El río Cazones había desbordado su cauce, el agua comenzó a subir por las calles, arrastrando muebles, animales, autos y personas.


“Pensamos que sería una lluvia más”, mencionó la estudiante mientras recogía lo poco que quedó de su casa. Esa madrugada, el río Cazones se desbordó con una fuerza que nadie imaginó. Las lluvias, constantes desde días antes, saturaron el suelo y la presa de Necaxa alcanzó niveles críticos. Cuando las compuertas se abrieron, el agua viajó con una rapidez imparable hacia el norte de Veracruz.


La combinación fue suficiente para provocar el desbordamiento. Las calles de Poza Rica se convirtieron en enormes ríos. En colonias como Las Gaviotas o Lázaro Cárdenas, el agua alcanzó techos de dos pisos; autos, animales y pertenencias quedaron atrapados bajo el lodo. El mismo se acumuló en los accesos principales, y la ciudad quedó prácticamente incomunicada.


Al amanecer, Poza Rica era una ciudad detenida. Escuelas, hospitales y comercios cerrados; familias enteras refugiadas en techos o albergues improvisados. En cuestión de horas, miles de personas habían perdido sus pertenencias y medios de vida.

La falta de comunicación agravó la situación. Durante la madrugada no hubo alertas masivas ni evacuaciones organizadas. Algunos vecinos aseguran que la única alarma que escucharon fue la de Petróleos Mexicanos, que muchos confundieron con un simulacro. Otros confirman que Protección Civil nunca pasó por la zona para advertirles.


Mientras tanto, en redes sociales comenzaban a circular los primeros videos: calles anegadas, autos arrastrados por la corriente, familias pidiendo auxilio. La magnitud del daño se conoció realmente hasta el mediodía del 10 de octubre de 2025, cuando las primeras imágenes llegaron a los medios locales.


Desde ese momento, surge esa pregunta que se repite hasta hoy, ¿se pudo haber evitado? ¿Hubo advertencias que no se atendieron? ¿Fallaron los protocolos de emergencia? ¿O fue, como algunos funcionarios aseguraron después, un evento inevitable?


El desastre natural ya había ocurrido. Lo que empezó a revelarse después fue la dimensión humana, política y administrativa de un suceso que, según distintos testimonios, no fue solo producto de la lluvia, sino también de una serie de omisiones que agravaron sus consecuencias.



“Se desbordó ligeramente el río”, según Nahle

 

Desde el gobierno estatal y federal se minimizó la gravedad del suceso. En una conferencia de prensa, a solo tres días después de lo ocurrido, Claudia Sheinbaum aseguró que “no había datos científicos que probaran un desastre social”. Mientras que días antes, la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) habría dicho puntualmente que existirían lluvias que podrían llegar a los 350 mm, lo cual es una cantidad significativa, estos según registros de las láminas de Conagua los días 8 y 9 de octubre.


Esa saturación provocó que la presa de Necaxa —que abastece de energía a varios municipios— alcanzara niveles críticos. De acuerdo con fuentes locales y trabajadores del sistema hidráulico, la madrugada del 10 de octubre se abrieron las compuertas para liberar presión. Sin embargo, no hubo una notificación pública sobre esa maniobra ni advertencias de evacuación previas en las colonias cercanas al cauce.


Por su parte, la gobernadora Rocío Nahle declaró que “el río solo se desbordó ligeramente” y que “muchos habitantes no quisieron salir de sus casas”. Sin embargo, la realidad en Poza Rica contrastó con ese discurso pues se reportó que el agua llegó hasta unos 4 metros en varias viviendas, cubriendo incluso el segundo piso en los hogares de los ciudadanos.


El periodista Sergio Lara, con quien tuvimos la oportunidad de hablar, relató que “la gente no tuvo tiempo de reaccionar”. Según dijo, “en cuestión de minutos el agua cubrió casas enteras y no había presencia de Protección Civil. La mayoría se enteró cuando ya era demasiado tarde”.


Otros testimonios coinciden. Una estudiante de la Universidad Veracruzana contó que ella y su familia perdieron todo porque “Protección Civil nunca pasó a avisar” y que “la única alarma que se escuchó fue la de Pemex, que muchos confundieron con un simulacro”. Para el voluntario Cristian, un estudiante de Arqueología, la falta de aviso fue lo más grave: “la ayuda del gobierno llegó hasta la tercera noche; antes de eso, la gente se quedó sola”.


Las autoridades argumentaron que hubo resistencia de algunos habitantes a abandonar sus viviendas. Pero los relatos de los vecinos y brigadistas sugieren otra versión: no hubo información clara sobre el riesgo ni coordinación suficiente para evacuar.Esa ausencia de comunicación refleja un vacío en los protocolos de prevención.


Además, el seguro catastrófico del estado de Veracruz no había sido renovado desde junio, y el Fonden, fondo federal para desastres naturales, ya no existía. En la práctica, el estado enfrentó la emergencia sin respaldo económico para atención inmediata.


Durante su visita a la zona afectada, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que el gobierno federal proporcionaría los recursos necesarios para atender la emergencia. La declaración oficial buscaba proyectar control, pero los ciudadanos reclamaron una respuesta tardía y una minimización del desastre, lo que alimentó la suposición de que la tragedia pudo haberse evitado si se hubieran activado las alertas oportunamente.



“Nadie nos avisó, solo vimos el agua venir”

 

Las versiones de los habitantes coinciden en un punto: nadie les advirtió con tiempo. Ni las autoridades municipales ni estatales emitieron un llamado claro de evacuación antes de que el río Cazones se desbordara. La única alarma que sonó, cuentan, fue la de Petróleos Mexicanos.


Una estudiante de la Universidad Veracruzana nos relató que el agua entró a su casa “en cuestión de minutos”. Su madre apenas alcanzó a sacar documentos y una mochila con ropa seca antes de refugiarse en el segundo piso. “Protección Civil no pasó, nadie nos dijo que el río se iba a salir”, dijo. “Mi mamá escuchó que un señor iba gritando en la calle, pero ya era demasiado tarde. En menos de media hora, todo estaba cubierto”.


El caso no fue aislado. Vecinos de colonias como Las Gaviotas, Lázaro Cárdenas y la Morelos contaron historias similares: el agua llegó sin aviso y a una velocidad que impidió cualquier reacción. “Se oía como si viniera una ola”, dijo un voluntario. “Muchos pensaron que podían esperar un poco más, como en otras lluvias, y ahí se quedaron atrapados”.


Para quienes vivieron la emergencia, la falta de información fue tan grave como el propio desbordamiento. No hubo mensajes por radio, redes oficiales ni recorridos preventivos. Las autoridades justificaron después que “la gente no quiso salir”, pero los testimonios y los videos registrados en tiempo real muestran otra cosa: no hubo aviso alguno.


El periodista Sergio Lara explicó que, al recorrer las zonas afectadas, encontró familias enteras limpiando sin apoyo institucional. “La gente está molesta”, dijo. “No tienen agua potable, no tienen cómo bañarse. En algunas colonias, la Marina ni siquiera ha entrado. Hay basura y lodo. Tienen miedo de que ahora venga una crisis sanitaria”.


La enfermera Ameyalli Díaz, del IMSS, nos confirmó la desorganización. En el hospital, contó, casi la mitad del personal no pudo llegar a trabajar debido a que muchos también habían sido afectados por la inundación o no lograban trasladarse. “Tuvimos que adaptarnos con lo que había”, relató. “Hubo escasez grave de medicamentos y fallas constantes de electricidad. Atendimos de todo: infecciones por el contacto con el agua, quemaduras por gas, accidentes de transporte, ansiedad, crisis nerviosas. Nadie estaba preparado para algo así”.


Aun así, dijo, el personal que logró llegar se mantuvo trabajando turnos dobles. “Nos organizamos entre compañeros y seguimos atendiendo porque sabíamos que allá afuera la gente estaba peor”, agregó. “No recibimos apoyo directo de otras instituciones médicas. Lo poco que teníamos lo compartíamos entre áreas, y los pacientes seguían llegando sin parar”.




“Las cifras que dicen no son las reales”

 

A los pocos días del desastre, las autoridades comenzaron a ofrecer cifras oficiales: cinco muertos, una decena de desaparecidos y cientos de viviendas afectadas. Pero en las calles, entre los escombros y el silencio, los números no coincidían. Los testimonios recogidos en Poza Rica pintaban una escena mucho más dolorosa y compleja.


Cristian Salinas, voluntario y estudiante de Arqueología, asegura haber visto camiones de basura transportando cuerpos entre los restos del lodo. “No me lo contaron —dijo—, lo vi. En muchas colonias había un olor que no era de animales. Las autoridades querían ocultar la cantidad real de muertos. Tal vez los llevaron a una fosa común, pero nadie lo dice”. Su relato coincide con el de vecinos que aseguran haber perdido contacto con familiares desde la madrugada del 10 de octubre, y que, hasta ahora, siguen sin aparecer en los registros oficiales.


La versión institucional insistía en que “no existían reportes formales de más víctimas”. Sin embargo, el propio personal médico contradijo esa narrativa. La enfermera Ameyalli Díaz contó que en el hospital se atendieron emergencias de personas que habían permanecido horas atrapadas entre los escombros o que presentaban infecciones graves por el contacto con el agua contaminada. “Los casos eran muchos más de los que se estaban contando”, afirmó.


A pesar de todas estas contradicciones, hasta el día de hoy se han confirmado oficialmente 79 decesos y 39 desaparecidos en conjunto con los demás estados afectados por las lluvias, mientras que en Veracruz, la entidad con mayor número de víctimas confirma 34 decesos y 14 desaparecidos.


Una estudiante de Química Farmacéutica Biológica (QFB) de la Universidad Veracruzana que radica en la zona también lo resumió con claridad: “Las cifras que anuncian en las noticias son extremadamente bajas comparadas con la realidad. Las pérdidas fueron mucho peores y hay más desaparecidos de los que reconocen”.

Vecinos de colonias como Lázaro Cárdenas y Las Gaviotas reportaron haber visto camionetas del Servicio Médico Forense recorrer las calles durante la noche, sin que se informara públicamente sobre la cantidad de cuerpos recuperados. En redes sociales, circularon videos de rescates improvisados y denuncias sobre familias enteras de las que no se volvió a saber nada.

 

“El pueblo se levanta solo”

 

“Yo vi a la gente sacar el lodo con las manos mientras las patrullas solo daban vueltas”, contó Cristian, estudiante de Arqueología que viajó desde Xalapa para apoyar en las colonias más afectadas. “Había maquinaria, pero solo en las avenidas principales. En las orillas, donde el agua llegó hasta los techos, seguimos igual. No hay paso, no hay ayuda, solo vecinos ayudándose entre sí.”


Su testimonio coincide con decenas de relatos similares: en Poza Rica, la organización civil sustituyó la respuesta institucional. Colectivos, asociaciones estudiantiles y ciudadanos comunes asumieron tareas que correspondían a las autoridades (desde la distribución de víveres hasta la limpieza y el rescate de personas atrapadas).


Una trabajadora del SNTE lo explicó sin rodeos: “Nosotros hicimos más que el gobierno. No fuimos a representar a ninguna institución, fuimos porque la gente necesitaba ayuda.”  Y su testimonio coincide con el del voluntario Cristian “En las avenidas principales había maquinaria, pero en las orillas no”. Agregó, “incluso hay personas rescatistas, que ofrecen sus servicios en las calles, así tal cual te ayudamos a buscar a tu familiar”.


En los días siguientes, la organización civil se multiplicó: estudiantes, médicos, vecinos y colectivos formaron sus propias brigadas para atender lo que el Estado no cubrió. En hospitales, el personal médico se sostenía con lo mínimo. Y algunos estudiantes de medicina de la UV ofrecieron atenciones gratuitas.



El desastre después del desastre


Dos semanas después de la inundación, la emergencia visible comenzó a disminuir, pero los daños estructurales, económicos y sociales seguían a la vista. Poza Rica no solo perdió viviendas y comercios: perdió confianza en las instituciones encargadas de protegerla.


En los primeros reportes de evaluación, el ayuntamiento estimó pérdidas millonarias en infraestructura urbana, caminos, drenaje y servicios básicos. Sin embargo, hasta el cierre de octubre, gran parte de esos daños no contaban con presupuesto asignado para su reparación. Las brigadas federales y estatales se limitaron a entregar despensas y paquetes de limpieza, mientras los vecinos seguían limpiando el lodo por cuenta propia.


En materia económica, comerciantes y pequeños empresarios afirmaron que las pérdidas superan lo que se reportó oficialmente. Algunos locales del centro ya reabrieron, pero en las colonias periféricas la recuperación avanza con lentitud. Las familias dependen de apoyos temporales, donaciones o préstamos personales. “Nos dijeron que habría un censo para entregar ayuda, pero nadie ha regresado”, señaló una vecina.


Especialistas en gestión del riesgo han señalado que el caso de Poza Rica evidencia una falla estructural en la prevención. La cancelación del seguro catastrófico y la desaparición del Fonden dejaron a los estados sin respaldo financiero inmediato, obligándolos a depender de la reacción política más que de la planificación técnica. Además, la falta de mantenimiento en ríos y sistemas pluviales incrementa la vulnerabilidad ante lluvias intensas.


Más allá de las pérdidas materiales, el impacto psicológico fue uno de los temas menos atendidos. La incertidumbre, la ansiedad y el duelo colectivo permanecen incluso después de que el agua bajó. “La gente sigue con miedo cada vez que llueve”, contó una maestra voluntaria que trabaja en albergues. “El sonido del agua les causa pánico. Nadie ha venido a ofrecer atención psicológica”.


A diferencia de otros desastres, esta inundación dejó una conciencia nueva entre los ciudadanos. Muchos exigen ahora mecanismos de alerta temprana, simulacros obligatorios y presupuestos transparentes para la gestión de riesgos. En redes sociales y medios locales, los llamados a rendición de cuentas continúan. No se trata solo de reconstruir casas, sino de reconstruir la confianza.


Lo ocurrido en Poza Rica plantea una lección mayor para Veracruz: los fenómenos naturales no se pueden evitar, pero sus consecuencias sí pueden reducirse si existen protocolos claros, comunicación efectiva y voluntad política. La negligencia, por el contrario, multiplica el daño.


Hoy, mientras Poza Rica intenta reconstruirse, la pregunta inicial sigue vigente: ¿se pudo haber evitado?


, si se hubieran escuchado las alertas, si se hubiera actuado con tiempo, si se hubieran destinado recursos y si se hubiera priorizado a la gente sobre la imagen política.

Hoy, detrás de las cifras y los discursos, Poza Rica sigue preguntándose si esta tragedia realmente fue inevitable.


 

DESPIECE


La UV también marchó por Poza Rica


El 17 de octubre de 2025, la comunidad de la Universidad Veracruzana (UV) salió a las calles de Xalapa, Veracruz, Poza Rica y otras regiones del estado para exigir transparencia y atención a los damnificados por las inundaciones. Bajo el lema “Memoria y justicia”, miles de estudiantes, académicos y trabajadores universitarios marcharon en una de las movilizaciones más grandes de los últimos años.


La megamarcha fue convocada por Nido Estudiantil UV que denunciaron la falta de respuestas claras del gobierno estatal y federal ante la tragedia. Sus principales demandas fueron la rendición de cuentas sobre las cifras oficiales de víctimas y daños y la revisión de los protocolos de emergencia.


En Xalapa, la movilización partió del Teatro del Estado hacia la Rectoria, donde los manifestantes realizaron un mitin en el que se leyeron posicionamientos y testimonios. “No fue una tragedia natural, fue una tragedia de omisiones”, expresó una estudiante de la Facultad de Ciencias Sociales, mientras que otros participantes exigieron atención médica y psicológica para los afectados.


“Queremos que el gobierno nos escuche, no que nos felicite por limpiar solos”, dijo uno de los integrantes del Comité de Brigadas UV, en alusión a la falta de apoyo institucional en los días posteriores al desastre.


De acuerdo con los organizadores, participaron más de 10 mil personas en todo el estado. En Poza Rica, la marcha ha sido pospuesta a el próximo 24 de octubre, debido a la situación actual.

 


 
 
 

Comentarios


bottom of page