La noche en que Xalapa se apagó
Kevin Vargas

I. Todo comenzó con un chasquidoEra martes, 3 de septiembre de 2025. Había pasado todo el día entre clases y tareas, encerrado en mi depa del piso seis de la Torre Halcón, en la colonia La Pradera. Afuera llovía con ese ritmo terco que tiene Xalapa, como si el cielo se olvidara de cerrar la llave.A las 8:12 de la noche, mientras calentaba un café en el microondas, escuché un chasquido seco y luego todo se quedó en silencio. Se fue la luz. El microondas se apagó, mi laptop se quedó sin conexión y la música en el celular se cortó justo a la mitad de una canción de Sabino.Al principio pensé que era un fusible del edificio, algo que se arreglaría rápido. Pero al asomarme por la ventana vi que toda la colonia estaba a oscuras. Las luces del Oxxo de la esquina, que nunca se apagan, también habían desaparecido.II. El apagón y los vecinos invisiblesVivir solo en Xalapa siendo foráneo tiene su encanto, pero también te hace darte cuenta de lo poco que conoces a la gente que vive a dos puertas de ti. Esa noche, el apagón nos empujó a vernos las caras.Primero escuché pasos en el pasillo. Era Renata, la chica del 6B, con una linterna en el celular y una sudadera enorme. “¿También se te fue la luz?”, me preguntó con una sonrisa medio nerviosa. Luego apareció César, el del 5A, que traía una vela encendida como si fuera procesión.En cuestión de minutos ya éramos seis o siete afuera, mirando por las ventanas, intentando adivinar si era solo el edificio o toda la zona. Desde la azotea alcanzábamos a ver medio Xalapa oscurecida, apenas con algunos destellos lejanos.III. La ciudad se detuvoSin electricidad, todo se ralentizó. No había ruido de autos, ni bocinas, ni el zumbido constante del tráfico de la avenida. Solo la lluvia cayendo. Fue raro, pero también bonito.Alguien propuso subir a la azotea con unas cervezas “en lo que vuelve la luz”. Así que subimos con lámparas, velas y algo de botana que encontramos. Desde ahí arriba, la ciudad se veía diferente, casi pacífica. Se podía distinguir la neblina que bajaba entre los cerros y el olor a tierra mojada llenaba todo.Yo, que venía de un pueblo en Zacatecas donde el cielo es más limpio, me quedé un rato mirando las estrellas. Xalapa rara vez te deja verlas, pero esa noche aparecieron tímidas entre las nubes.IV. Historias a la luz de una velaMientras esperábamos, cada quien empezó a contar de dónde venía y cómo había llegado a la Torre Halcón. Renata habló de su familia en Poza Rica, César dijo que trabajaba en una cafetería mientras estudiaba ingeniería, y yo conté que vine a Xalapa hace dos años, buscando “un cambio de aire” y un poco de independencia. La conversación se fue soltando. Nos reímos de cómo todos habíamos pensado que el edificio estaba embrujado por los ruidos del elevador, y de cómo nadie se había atrevido a usar la lavandería del sótano después de las nueve.Fue curioso cómo la oscuridad nos unió más que cualquier evento del edificio. Por unas horas, dejamos de ser desconocidos que solo se cruzan en el elevador para convertirnos en algo parecido a una pequeña comunidad.V. Cuando volvió la luzA las 10:47 p.m., un parpadeo nos hizo callar. Las luces del pasillo se encendieron y todos aplaudimos, como si acabara de terminar un concierto. Algunos se despidieron rápido, otros se quedaron un rato más.Bajé a mi cuarto con una mezcla rara de alivio y nostalgia. Volvía el WiFi, las notificaciones, el ruido de siempre… pero también se apagaba ese momento de calma y conexión que había traído el apagón.Antes de dormir, miré por la ventana. En la calle, la vida ya había vuelto a la normalidad: autos pasando, el Oxxo encendido, los perros ladrando. Pensé que quizá hacía falta que el mundo se apagara de vez en cuando para recordarnos que seguimos aquí, juntos, incluso cuando todo se queda a oscuras.VI. Reflexión finalEsa noche entendí que una crónica no solo se trata de contar qué pasó, sino de reconocer lo que eso significó. El apagón no fue una tragedia ni una gran noticia, pero sí un pequeño recordatorio de lo humanos que somos cuando se nos quita lo que damos por sentado.Como foráneo, siempre he sentido que Xalapa me observa más de lo que me abraza. Pero esa noche, por primera vez, sentí que pertenecía a algo: un edificio lleno de desconocidos que, por unas horas, se iluminaron con la misma vela.





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